sábado, noviembre 14, 2009

NECROLÓGICAS

A ver cómo hilo este artículo sin parecer irrespetuoso… La semana pasada, recién concluido el puente de Todos los Santos, hubo una especie de aglomeración de difuntos ilustres en las páginas de decesos de los periódicos. Parecían haber aprovechado la fecha para pasar lo más discretamente posible de un mundo a otro, y el caso es que casi lo consiguen, porque el espacio que los periódicos dedican a estas cosas es escaso, y la agenda de los encargados de representar a la ciudadanía en los homenajes respectivos suele estar muy cargada. Murió el escritor Francisco Ayala, que, a su condición de último representante vivo de la Generación del 27, título ya de por sí lo suficientemente glorioso como para merecer la atención pública, unía desde hace tres años la notoriedad casual de haber llegado a centenario, logro que habitualmente se asocia a curtidas viejecitas del Cáucaso o a pescadores del lago Titicaca, y no a intelectuales a quienes, por mor del oficio, no se les suele atribuir unos hábitos de vida demasiado sanos. Al día siguiente se le unía en las puertas del Purgatorio –no quiere uno ser tan poco piadoso que no les atribuya a los dos difuntos algunos humanísimos pecados que purgar– el actor José Luis López Vázquez, que era bajito y feo y, al menos en sus caracterizaciones, vestía siempre de negro. Quienes entienden de estas cosas dicen que ese actor encarnó como nadie el tipo del español medio: histérico, acosado por contrariedades menores, mojigato y, al mismo tiempio, aquejado de sempiterna satiriasis… Yo no sé si los españoles hemos sido alguna vez así: posiblemente nuestra propensión a identificarnos con ese arquetipo se deba más a un exceso de autoconmiseración que a una consideración objetiva de nuestras virtudes y defectos… Y murió también, para que la página necrológica alcanzara un punto de sofisticación, el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Alguno se preguntará a santo de qué traigo a colación a este extranjero junto a dos muertos tan genuinamente nacionales. Pero, si la muerte de este hombre no hubiera quedado ensombrecida por la de esos otros, no me cabe la menor duda de que hubiéramos asistido en los periódicos patrios a una pequeña aglomeración de hombres influyentes que se hubieran declarado discípulos del difunto, aunque no fuera más que porque suele citársele entre quienes influyeron en el Mayo francés, aquella verbena político-festiva de la que tantas cosas buenas y malas del mundo moderno parecen derivar.

Dicen que el príncipe heredero acudió en una misma mañana a las capillas ardientes de los dos compatriotas fallecidos. Algún columnista habló de “semana negra” de la cultura española... No hubo tal: murieron dos (tres) hombres mayores, que habían dejado su obra hecha. Es más de lo que muchos podrán decir cuando les llegue el día.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, noviembre 13, 2009

ÍTACA

Como preveía, el viaje se ajustó a la misma rutina que años anteriores. Las rutinas son la verdadera patria de uno, y uno las lleva consigo a todas partes, para no sentirse perdido. Primero, la cena ritual con los amigos que allí nos congregamos; para colmo, servida por la misma camarera jacarandosa y un sí es no es maternal del año pasado, con lo que las bromas y comentarios que intercambiamos con ella parecieron una prolongación de las cruzadas entonces. Incluso juraría que pedimos los mismos platos: las almejas a la sartén, los exquisitos callos, los solomillos, el tartar (que aquí llaman hamburguesa, sin serlo) de bonito... Luego tomamos una copa en el bar de siempre, y tuvimos un recuerdo piadoso para un loco que se nos acercó el año pasado y se mezcló en nuestra conversación... Al día siguiente, el mismo malestar, que ya no era resaca (uno ha aprendido a moderarse), pero sí una especie de cansancio entre afable y escéptico, que se debía más a las horas pasadas el día anterior en aviones y aeropuertos y a la noche en cama extraña que a la modesta juerga propiamente dicha. Con esa sensación, muy apropiada para ver las cosas con el distanciamiento debido, hicimos lo que habíamos venido a hacer allí (fallar unos premios literarios, comparecer en la correspondiente rueda de prensa, almorzar con los anfitriones (que excusaron su asistencia, con lo que nos dejaron solos a los escritores y a las amables funcionarias que organizan este cotarro).

Finalmente, cuando todos, aprovechando la posibilidad de acogerse a combinaciones más favorables que la mía, se hubieron marchado, me quedé solo en el hotel. Descanso un rato y me voy a la filmoteca local, donde veo El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, una película que se deja ver más por el encanto de los actores argentinos y la gracia del registro irónico que predomina en los diálogos que por lo logrado de la historia, con una trama policíaca plagada de inverosimilitudes. Pero uno no había ido al cine a ejercer de crítico, sino a pasar el rato... Antes (casi se me olvidaba, de puro darlo por supuesto) había hecho la visita de rigor a la única librería de viejo que conozco en esta ciudad, donde estrecho la mano del librero y rebusco entre sus cosas, hasta encontrar un libro japonés para M.A., otro de César Simón para mí, y un par de películas: La hierba errante, de Ozu, y La ruta del tabaco, de John Ford. De buena gana me hubiera llevado la docena aproximada de películas que había sobre la mesa, y entre las que vi otras tres o cuatro de Ozu y algunas joyas selectas de la edad de oro hollywoodense, como Medianoche, de Mitchell Leitsen. Le pregunto al librero, un tanto imprudentemente, sobre el cinéfilo arruinado que le ha llevado todas esas joyas, y me confiesa que son suyas, y que las está vendiendo poco a poco... Ceno un par de pinchos en una barra y me vuelvo al hotel, donde caigo rendido en cuanto me meto en la cama.

Naturalmente, uno quisiera poder contar otras cosas: que se vio envuelto en un inesperado lance erótico, que mantuvo conversaciones trascendentales con otros escritores (las nuestras, gracias a Dios, no sobrepasaron el nivel de la amabilidad risueña), o recibió revelaciones decisivas en algún tugurio. Pero no. Ya lo decía Cavafis: las únicas Ítacas a las que uno es capaz de llegar son las que uno lleva consigo. Bueno.

martes, noviembre 10, 2009

REENCUENTROS

Repaso los estantes de poesía con la intención de revisar algunos libros en los que hace tiempo que no reparo, o de los que apenas recuerdo nada, y no necesariamente porque no contengan nada memorable, sino, simplemente, porque mi memoria no es infinita, o porque algunas impresiones de lectura cuentan con asideros mentales más endebles que otras, y duran menos, o porque cada libro requiere su ocasión, y es posible que alguno de éstos no la tuviera, etc. Hojeo muchos de esos libros, y de algunos (re)leo varios poemas... Y lo curioso es que en todos encuentro algo valioso, lo que me infunde cierta tranquilidad respecto al instinto que me llevó a guardarlos, digamos, en mis estanterías de primera línea, y no relegarlos a los altillos o, simplemente, deshacerme de ellos (cosa, en fin, que casi nunca hago).

Anoto aquí algunos: Ventanas sobre el bosque, de Antonio Jiménez Millán; Lo que vale una vida, de Rafael Juárez; Raro, de Lorenzo Martín del Burgo; La guerra de los treinta años, de Ángeles Mora; El libro del santo lapicero, de Carlos Morales; La edad difícil, de Juan Peña; Demolición del arcoiris, de Ángel Petisme; Esplendor, de Vicente Tortajada... Algunos de esos libros lucen la dedicatoria manuscrita que en su día me hizo el autor, en ocasiones que el tiempo ha desdibujado, como ha hecho con algunos rostros y voces. Con algunas excepciones: la que me garrapateó, con letra muy temblorosa, el ya desaparecido Vicente Tortajada, en una tarde sevillana de 1994; o la de Antonio Jiménez Millán, redactada en Cádiz, posiblemente en mi casa, hace veinte años. Hojear estos libros ha sido como encontrar a viejos conocidos que despiertan en uno un recuerdo grato, una brasa de amistad que, si se soplara un poco sobre ella, podría avivarse. Naturalmente, mi intención al redactar este apunte no es reintegrar esos libros a mi canon literario particular, en el caso de que lo tuviese, ni calibrar su valía de cara a una posible posteridad, que yo tampoco conoceré. Pero sí son, de momento, como todo lo olvidado y vuelto a recordar, una parte preciada de la memoria de uno. Bienvenidos a casa.

***

Santander. Como todos los años, un súbito empeoramiento del tiempo precede este viaje. Veo en televisión las imágenes de siempre, que parecen repetirse un año y otro: lluvia, calles encharcadas, olas sobrepasando la balaustrada del paseo marítimo. Las mismas dudas de siempre respecto a qué ropa llevar (hasta anteayer, como quien dice, hemos ido vestidos de verano), el mismo cansancio anticipado ante las muy deficientes comunicaciones entre mi ciudad y el resto de la península, que me obligarán a emplear todo un día en un viaje que a otros apenas llevará unas horas... Pero aquí estoy, con el ánimo bien predispuesto, y una especie de recuerdo anticipado de todo aquello que mi afición a la rutina me tiene reservado, también aquí.

lunes, noviembre 09, 2009

DE LA PERCEPCIÓN

Sueños encadenados, quizá causados por una digestión pesada. Sueño que almuerzo con Ortega y Gasset. Y, lo que es peor: que soy compañero suyo de facultad (del Departamento de Filosofía, por más señas) y que, entre mis alumnos, tengo a dos sobrinas suyas, una de las cuales, muy guapa, comparte mesa con nosotros. A mis alumnos les estoy haciendo leer cierto Tratado de la percepción (¿?), del maestro, algunos de cuyos párrafos, incoherentemente, irrumpen también en el sueño.

Antes, o quizá después, sueño que voy a dar una conferencia en un cine. Me lleva allí, por una solitaria calle flanqueada de tapias, una muchacha muy joven, de facciones orientales, que en un momento dado me acorrala contra una de las tapias y me besa.

Definitivamente debo cenar menos.

***

Sobrellevo ya sin agobios ni angustias mis cuarenta y cinco minutos de natación, tres veces por semana. La primera vez creí enfermar. Ya no. Lo que, paradójicamente, ha hecho que la monitora sea más dura ahora conmigo. "¿Para qué tienes piernas? Te las voy a cortar", me grita desde el borde de la piscina, y su vozarrón retumba en la bóveda del pabellón cubierto. "¿Y tú? ¿Por qué no te metes en el agua y nadas un poquito, para que te veamos?", le dice con sorna otro alumno (yo no me hubiera atrevido). "Si me metiera en el agua -responde ella, despectiva-, sería para nadar a mi aire, sin preocuparme de nada" (de vosotros, quiere decir). La entiendo. Quizá el mayor atractivo de este deporte sea su individualismo extremo. Una vez metida la cabeza dentro del agua, lo único que importa es avanzar y respirar. Cualquier otra preocupación o consideración desaparece.

***

Releo algunos de los libros de poesía que he recibido en los últimos meses, y a los que ahora me he decidido a buscarles un hueco en mis estanterías. Este Color carne de Erika Martínez, por ejemplo, sensual y cotidiano como las medias de ese color que encuentra uno en la cesta de la ropa cuando convive con una mujer. O Juguetes de Dios, de mi paisana Rosario Troncoso, que ella me dice que es un libro casi improvisado con textos de aquí y de allá, pero que, por eso mismo, a mí me parece el más sereno y maduro de sus libros, y el que apunta más alto... Caigo en la cuenta ahora de que casi todos los libros de poesía que he leído en las últimas semanas están escritos por mujeres: Olga Bernad, Belén Núñez. Sin que, hasta este momento en que les hago sitio en mis estantes, se me haya ocurrido ninguna generalización al respecto, como bien podía haberme ocurrido hace veinte o veinticinco años cuando leía a las poetas reunidas en antologías como la que se llamó Las diosas blancas... Es decir, que esta proliferación de nombres femeninos no me resulta un fenómeno extraordinario, ni encuentro ninguna necesidad de buscarles rasgos comunes a todos estos libros. Es un signo de normalización, qué duda cabe. Y quizá más valdría que me hubiera callado, no vaya a ser que a algún articulista sin asunto le dé ahora por escribir un texto reivindicando esta nueva floración, que no es tal, sino mera afluencia de individualidades maduras. Como debe ser. Digo yo.

viernes, noviembre 06, 2009

JÁLOGÜIN

Pasó el puente de Todos los Santos sin más sobresaltos, en fin, pese a los muchos fiestorros adolescentes convocados aquí y allá, que las aburridas polémicas sobre la infiltración de costumbres foráneas –léase Hallowe’en– en el imaginario patrio. Se ha llegado a decir que la importada fiesta norteamericana tiene un fondo demoníaco; como si en nuestra cultura todo lo aparejado a la celebración del Día de los Difuntos se redujera a poner flores en las tumbas de los seres queridos y a pasear plácidamente nuestras melancolías otoñales por los cementerios.

No es ése el caso. Todavía recuerdo el miedo que me daba, de niño, la escena en que el fantasma del comendador de Ulloa acude a la cena a la que lo ha invitado don Juan Tenorio, cuando el célebre drama se emitía en televisión por estas fechas. Y el escalofrío que me produjo la lectura de “El monte de las ánimas”, el terrorífico cuento que Gustavo Adolfo Bécquer situó en la noche de Difuntos. Por no hablar, en fin, del estremecimiento que aún me produce el bárbaro ritual gaditano de disfrazar de personajes de actualidad los cuerpos de los pobres animales cuya carne se vende en la Plaza de Abastos; la perplejidad, en fin, que causa ver a un cerdo disfrazado de guardia, o a un pollo vestido de futbolista... Nada de esto es demoníaco, como tampoco lo son los disfraces de trasgos, brujas y monstruos que visten nuestros adolescentes en la fatídica noche en que remedan los comportamientos de sus coetáneos de allende el océano. Pero sí que resulta, más lo nuestro que lo de ellos, ligeramente afín a ciertos instintos atávicos: el regodeo en la muerte como celebración inversa de la vida; y el disfrute, a las puertas del invierno, de los generosos frutos que nos ha proporcionado el otoño, que no sólo es la estación de los poetas, sino también la de las vendimias y matanzas.

Todo eso hemos celebrado, a sabiendas o no, en esta oportuna festividad. Unos, al modo tradicional –quien esto escribe asistió a una representación del Tenorio, ha comido castañas y huesos de santo y ha tenido un recuerdo para sus muertos–; otros, al estrafalario modo importado del país de Disneylandia. No importa. Dentro de algunos años, lo que quede de esta moda será tan indistinguible de las tradiciones propias como lo es ya el árbol de navidad del portal de Belén. No hay que revestirse de celo patriótico. A las patrias de hoy les queda tan poco que reivindicar como propio y exclusivo, que acaban por declararse defensoras de cosas que, en muchos casos, son anteriores a ellas, y sobre las que nunca han tenido jurisdicción. Por ejemplo, el temor a la muerte y al más allá. O el urgente deseo de celebrar, entre tanto recuerdo ominoso, que nosotros estamos vivitos y coleando. Y vengan castañas y tenorios, e incluso calabazas huecas si hace falta, para proclamarlo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 05, 2009

LA ETERNA JUVENTUD

Buen cine bélico, más allá de los viejos clásicos en blanco y negro de los 40 y 50: Patton. La desmesura y megalomanía de Coppola -en los créditos, el nombre de éste, que aquí hace de guionista, ocupa más espacio que el del director, Franklin J. Schaffner- al servicio de un personaje que, como los de El padrino o Apocalypse Now, resulta, a todos los efectos, bigger than life. Y, sin embargo, la guerra, que este personaje sólo percibe en función de sus ideales y fantasías, se hace presente en toda su riqueza de dimensiones: sórdida y violenta -como cuando, en una de las primeras escenas, asistimos al expolio de los muertos en combate por parte de una pandilla de saqueadores, entre ellos mujeres y niños-, a la vez que estilizada y heroica a ratos, aunque sin ocultarle jamás al espectador que el heroísmo puede tratarse de una excusa o un malentendido, o incluso de un error de perspectiva... A mí me pone los vellos de punta, y el discurso inicial del general, con una enorme bandera norteamericana de fondo, me resulta una de las escenas más impresionantes del cine más o menos contemporáneo -contemporáneo de quien esto escribe, quiero decir, que ya tiene algunos añitos-.

***

El caso Ayala. Un escritor que ofrece pocos asideros para la admiración popular; y que, en su escala, posiblemente terminará encontrando sus verdaderos lectores entre quienes rastrean la letra pequeña de las historias de la literatura; es decir, entre quienes, por mera pereza de asentir a lo que ya todo el mundo sabe y dice de otros nombres más conocidos y leídos, preferirán disfrutar de las bellezas ocultas de un escritor menor... Lo demás, mucho me temo, es pura parafernalia oportunista, más debida a la casualidad de que el venerable anciano llegara a centenario y los políticos encontraran en ello una excusa para fotografiarse junto a él. Ahora acuden a su entierro, y hasta asoman alguna lagrimilla de cocodrilo. Y cómo se reirá el viejo de todos ellos, ya en el otro mundo.

***

Primeros fríos. Este eterno verano pesaba ya tanto como debe pesarles a los bienaventurados, piensa uno, la eterna juventud.

miércoles, noviembre 04, 2009

BATALLITAS

Encuentro en un poema de Vicente García, incluido en su libro Ahora, una referencia a un juego o pasatiempo al que dediqué muchas horas en mi infancia, y sobre el que nunca antes había encontrado ninguna alusión escrita: los dibujos de batallas. Sobre un trozo de papel disponía uno los ejércitos, a los que iba dotando cada vez mejor según iba aumentando la destreza de uno para dibujar armas, vehículos y aviones. A ese respecto, recuerdo que llegué a dibujar bastante bien los jeeps y tanques de la Segunda Guerra Mundial, así como los biplanos de la Primera... Los ejércitos cruzaban disparos, naturalmente, cuya trayectoria dibujaba uno también sobre el papel, como lo hacen en la realidad esas balas que llaman trazadoras. Dibujaba uno las explosiones, y también los heridos y los muertos. Lo normal era que aquellos dibujos, como ciertas batallas famosas, terminaran por extenuación: se le agotaba a uno la inventiva y el repertorio, y en el papel no quedaba espacio para dibujar nada más. Si uno quería prolongar la división, no cabía otro remedio que irse con la guerra a otra parte... a otro papel, quiero decir.

En el poema de V.G. (que se llama, por cierto, "Los dibujos") el autor sugiere que escribir poemas ha sido, en su caso, una derivación natural de ese juego o pasatiempo. Nunca se me había ocurrido, pero creo que tiene razón. Un mismo modo de instalarse en la irrealidad; o, mejor dicho, en un espacio gobernado por una lógica que depende exclusivamente de uno, de las reglas que uno le quiera proporcionar, y que se apoya en el dominio de unas cuantas habilidades aprendidas -en mi caso, mi habilidad de entonces para dibujar tanques, jeeps, aviones-. Sigue uno dibujando batallitas; sólo que en otro ámbito, y de otra manera.

***

Para batallitas de las otras, Malditos bastardos, la última película de Tarantino. Un bodrio, construido con muy buenos materiales -buenos diálogos, buena ambientación, y toda una batería de alusiones y citas cinematográficas, capaz de satisfacer el paladar más ávido de esa clase de juegos; pero un bodrio, de todas maneras; y no sólo porque el uso de la violencia va incluso más allá de la estética de tebeo que llegamos a aceptarle en Pulp Fiction, por ejemplo; sino porque viola la única regla que una película sobre una guerra ampliamente conocida no puede violar: el ajustarse al marco histórico básico en el que se insertan los hechos. A Hitler y a su plana mayor no los mataron los aliados en una operación de comando. En una película cabe incluso especular sobre esa posibilidad (recuérdese la reciente Valkiria, por ejemplo, en la que asistimos a una emocionante reconstrucción del único intento de matar a Hitler que estuvo a punto de lograr su propósito), pero no alterar su desenlace, porque eso alteraría el marco básico que da sentido a todo lo que sabemos del conflicto. Un simple esfuerzo de contención le hubiera proporcionada a Tarantino un buen argumento, muy a tono con el tipo de películas que pretende reivindicar (Los violentos de Kelly o Los doce del Patíbulo). Le ha podido la desmesura, como a otros (léase Terrence Malick, del que hace poco volví a ver La delgada línea roja) les puede la afectación y la pedantería. Una pena.

***

Estos ajustes de cuentas con la realidad, ¿no son también batallitas?

martes, noviembre 03, 2009

TENORIO

Como C. no había visto el Tenorio, asistimos con ella el jueves pasado a una representación de esa obra, a cargo de un grupo sevillano. Ni que decir tiene que me emocionó; en gran medida, creo, porque la eficacia dramática de la obra sobrepasa holgadamente el amplio catálogo de inconvenientes que el tiempo, los azares críticos y la malicia moderna han acumulado contra ella.

Efectivamente, no podemos compartir, por burdo, el mensaje trentino respecto a la validez del arrepentimiento in extremis, que ni puede reparar el daño causado ni aliviar el dolor de las víctimas; seguramente ni el cínico Zorrilla creía en eso. Un oído literario medianamente formado también podría impacientarse con la machacona ramplonería del texto. Y, finalmente, es muy posible que queden ya pocos espectadores capaces de disfrutar de una obra como ésta en situación de "inocencia"; es decir, sin tener noticia de las múltiples teorías que circulan respecto al carácter de Don Juan, su presunta homosexualidad reprimida y sublimada, su conflicto con el padre, etc. Pasa con el Tenorio lo mismo que con la Canción del pirata de Espronceda: intuimos que nuestra percepción y disfrute de la pieza sería mejor si pudiéramos limpiar mente y oídos del peso de conocerla demasiado bien, de haberla visto u oído demasiadas veces, de habernos incapacitado para ponderar la valía de sus componentes específicos por una excesiva familiaridad con el conjunto. Y, sin embargo...

Sin embargo, sobre el escenario el Tenorio resulta enormemente eficaz. La escena primera, en la sevillana Hostería del Laurel, es uno de los mejores retratos de la fanfarronería juvenil, irresponsable y vitalista, que se han escrito nunca: comparable, quizá, a algunas de las escenas intersticiales de Romeo y Julieta, que desprenden la misma urgencia vital, un mismo coqueteo con la perdición y el peligro como alicientes máximos de toda experiencia que merezca vivirse. Los adolescentes -Don Juan lo es, pese a que no se le suela caracterizar como tal- son y sienten así. También son conmovedores los monólogos de doña Inés: el eterno autoengaño por el que las urgencias del cuerpo se interpretan como aspiraciones del alma, o se llega a la conclusión de que unas y otras son la misma cosa.

Pero más me emocionaron, en clave estrictamente contemporánea, las pocas, pero certeras, pinceladas de ambiente que denotan que el dramaturgo, pese a la aparatosidad y aparente ligereza de su empeño, trabajaba su materia con sensibilidad de verdadero poeta. Por ejemplo, la súbita mención de los olivares circundantes en la escena de seducción, que transcurre en la quinta que don Juan posee en las afueras de Sevilla, junto al río: son los olivos del Aljarafe sevillano, como las cañas y olores evocados son los del propio río.

En fin. Salí complacido y emocionado. Y me gustó que, entre el público que llenaba el teatro, hubiera muchos jóvenes que, dos días después, seguramente participarían ruidosamente en los rituales importados de Hallowe'en, que tanto escandalizan a los puristas. No hay una clara solución de continuidad entre esa fiesta de disfraces centrada en brujas y trasgos y la dimensión tétrica y fantasmal de esta obra que, al fin y al cabo, habla de aparecidos y de muertos que hablan. No hay tradición que, para subsistir, no haya de corromperse. Y a la vista de las ruidosas corrupciones que ésta del Día de Difuntos anda experimentando, uno diría que parece más viva que nunca.

sábado, octubre 31, 2009

EL PIRATA

Hemos capturado a un pirata y no sabemos qué hacer con él. En esto, como en otras cosas, somos víctimas de un error de perspectiva: el creer que, por vivir en un mundo que se ha concedido a sí mismo demasiadas bulas de modernidad y progreso, el resto del planeta avanza en esa misma dirección; y que, si no ha llegado a las confortables metas que creemos haber alcanzado, es sólo porque les han faltado tiempo y medios: con unas ayuditas aquí, un empujón allá, e incluso alguna que otra salvadora intervención militar por nuestra parte, pronto todos esos lugares del mundo en los que suceden cosas que creíamos propias de las novelas de aventuras se convertirán en emporios de progreso.

Lamentablemente, no es así. Unos vivimos en el siglo veintiuno, otros en el dieciséis. También en tiempos del Imperio Romano coexistían sobre la tierra el civilizado ciudadano de la Urbe, acostumbrado a pasear por su imponente ciudad, y el bárbaro que desconocía la existencia de Homero y Virgilio o las implicaciones del derecho romano. En la práctica, claro está, las diferencias no eran tantas: enfrentados en campo abierto, tanto valía la lanza del romano como la azagaya del bárbaro. Pero, salvando esos encuentros, que solían tener lugar en lejanas fronteras, el ciudadano común rara vez experimentaba el vértigo de ver su modo de vida y sus creencias enfrentados a los de alguien radicalmente ajeno a ellas.

No es nuestro caso. Aquí estamos, intentando resolver con leyes y modales del siglo veintiuno un caso que nos retrotrae al diecisiete. Naturalmente, no podemos hacer con el pirata capturado lo que se hubiera hecho entonces: colgarlo de una entena. Sobre todo, porque eso dejaría muy malparadas las creencias en las que sustentamos nuestro modo de vida. Y aunque a veces leamos en la prensa que todavía hay quien reivindica el espíritu de Fuenteovejuna, y hay imbéciles que tratan de ajustar sus vidas y las de los suyos al sangriento código de honor calderoniano, no parece que esté en el ánimo general un regreso a los usos y costumbres de entonces. No es imposible: en algunos países geográficamente muy cercanos al nuestro han pasado en pocos lustros de preconizar sistemas políticos “avanzados” –eso decían– a defender la guerra santa contra los infieles…

Todavía no estamos en esa tesitura. Por eso no sabemos qué hacer con el pirata. Es una situación ridícula, a la que posiblemente han contribuido no poco el espíritu timorato de un gobierno y la incompetencia de un juez. Si tuviéramos un Guantánamo –es decir, un limbo legal– podríamos mandarlo allí. Si fuéramos chinos lo ejecutaríamos en un estadio. Pero, como no estamos en ninguna de esas circunstancias, nos limitamos a pasearlo de una dependencia judicial a otra, a la espera del probable desenlace, que será su vuelta a casa. No es para aplaudir. Pero…

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, octubre 30, 2009

CARO DIARIO

Yo creo que el correo electrónico se ha inventado para satisfacer nuestra vanidad. Lo abre uno a media tarde, pongo por caso, y se encuentra con que se han acumulado una docena de mensajes que contestar. No es que sean urgentes ni importantes: naderías amistosas, inoportunidades profesionales. El correo ordinario nunca nos había dado motivos para sentirnos tan solicitados. Y se pone uno a contestar esos mensajes con el aplomo y soltura con el que se suponía que Rebecca, la primera señora De Winter, se sentaba ante su escritorio a despachar su correspondencia, según la malvada ama de llaves se encarga de hacerle saber a su nueva señora, que no consigue imaginar de qué demonios podían tratar las cartas de su predecesora... Mantener una correspondencia no era moco de pavo. Había que tener fincas que administrar, lejanos proveedores a los que hacer encargos, amantes solícitos, asociaciones cívicas que esperasen nuestro voto o nuestro consejo como agua de mayo, sesudos corresponsales con los que departir sobre asuntos artísticos o filosóficos... No es que uno haya logrado tener nada de eso. Pero el caso es que te llaman para cenar y no tienes el más mínimo reparo en decir: "Un momentito, que estoy contestando mi correo". Como el mismísimo vizconde de Chateaubriand.

***

Quizá mi único corresponsal digno de ese nombre, ahora que me paro a pensarlo, sea este cuaderno.

***

Y lo dejo, porque, si me descuido, voy a empezar a escribir: Caro diario... al comienzo de cada una de estas entradas.

jueves, octubre 29, 2009

MAR ABIERTO

Entre los del solar frontero al cementerio hay un gato que se parece extraordinariamente a K. Sólo que es más grande, más esquiva, más sucia. Su reverso en la escala social de los gatos, por así decirlo. Algo así como ese doble golfo que todos quisiéramos tener, y que a lo mejor llevamos dentro.

***

Tiempo de vendaval otra vez. Noche mal dormida. Ánimo de vendaval.

***

Y ahora me dispongo a escribir mi reseña mensual. Ya sé del prestigio que goza la espontaneidad, la falta de ataduras y obligaciones a la hora de escribir. Pero uno tiene un natural perezoso; por eso ha hecho de la rutina su mejor aliado. Por eso alimento, como a una planta anémica, ese débil deseo de escribir "lo mío", lo que nadie me ha encargado, que sólo surge mientras tiro de remo en esta singular galera a la que me ato con rigurosa regularidad. Qué ganas entonces de atender a ese endecasílabo que te nace entre renglón y renglón de esforzada prosa periodística, de acabar ese cuento nacido de una frase desviada, de meterte de lleno en esa novela a medias que, comparada con este recinto de aguas estancadas en el que das vueltas sin parar, es puro mar abierto.

miércoles, octubre 28, 2009

BOMBONES

El tiempo libre tiende a compactarse. No hay modo de abrir un hueco en él. El otro, en cambio, el de las obligaciones, suele estar lleno de respiraderos. Este cuaderno, y casi todo lo aparejado a él, pertenecen más a lo segundo que a lo primero. Dedicar una parte de una mañana de domingo, por ejemplo, a anotar algo en él me suena a escamoteo. Dedicarle, en cambio, unos minutos de estas tardes previamente asignadas a mil cosas me resulta de lo más natural. No hay nada tan urgente que no puede demorarse media hora, hasta que no haya puesto al día mis cuentas personales. Ni nada tan superfluo, en fin, que no parezca más insoslayable que cualquier cosa que pueda anotar aquí en una mañana festiva.

***

En una mañana festiva me leí el libro de Olga Bernad, Caricias perplejas. La lectura de poesía, digan lo que digan los panegiristas del género (entre los que no me encuentro, pese a cultivarlo), es siempre superflua. Por eso es un lujo y un placer. Luego puede tener otras utilidades añadidas, no digo que no. Pero lo verdaderamente lujoso, e incluso lujurioso, de la poesía es su gratuidad. Un poco de sol, unas horas de ocio absoluto, un cierto trasiego en la casa, del que previamente te has desentendido, porque la vida en familia admite estos pactos tácitos... Leo estos poemas en los que tan claramente se manifiesta el gusto de escribir more metrico, con naturalidad y sin aparente esfuerzo. Hablar en endecasílabos, como se dice que los castellanohablantes tendemos a hablar en octosílabos -yo creo que eso sólo ocurría antes de Garcilaso-. Olga Bernad tiene ese don de la métrica interiorizada, hecha ritmo del hablar; y ello, sin que en su poesía haya demasiados elementos que apunten a eso que se ha llamado "tono conversacional", y que tantas veces ha degenerado en un amaneramiento más, o en objetos verbales tan acartonados como los "monólogos dramáticos" de Robert Browning, que tanto gustaban a Cernuda... No: la poesía de Olga Bernad no apunta a esa ficción, se conforma con ser palabra gozosamente entregada a su ritmo. Es retóricamente abundante, a la manera en que lo era la poesía del mejor Neruda o de Miguel Hernández, pero su retórica nunca parece superflua o innecesaria. Si acaso, concuerda con la sensualidad que aflora en algunos de sus poemas. No en vano en este libro se habla de "caricias" desde el título mismo. Uno lo ha leído con curiosidad, primero, luego con placer y creciente entusiasmo. Y lo cierra con la satisfacción de quien constata que, si bien todo se ha dicho ya, como dicen algunos, siempre es posible añadir una modulación personal a lo ya dicho.

A Olga Bernad la descubrimos en este mundillo de los blogs, que muchos juzgaban poco menos que la perdicion de quienes habíamos caído en semejante vicio, agravado además por la circunstancia de que quienes escribimos en este medio eludimos las dos grandes consideraciones de respetabilidad de las que suelen blasonar los escritores: la publicación de libros y/o la remuneración por la labor realizada. Escribir gratis y tener lectores que no compran libros. Vaya negocio. Y, sin embargo, de este semillero empiezan a salir buenos frutos. Uno es éste. Y no el único, por cierto.

***

Bombones blandos. Hace todavía demasiado calor. Pero los rituales íntimos entienden poco de climatologías y calendarios.

martes, octubre 27, 2009

A POCO

Catorce horas fuera de casa, salvo el hueco del almuerzo. No he leído, no he escrito nada. A mi favor puedo anotar que, con lo acumulado -anécdotas, encuentros, impresiones de gente vista- podría nutrir este diario durante días. Pero esa clase de material caduca en cuanto algo más urgente se le pone por delante; o, simplemente, cuando el tiempo transcurrido lo enfría, lo vuelve contingente y olvidable. En esto de mantener un diario pasa lo mismo que con el vivir propiamente dicho: de nada sirve haber vivido mucho si lo de hoy, la vida sentida en su inmediatez, sabe a poco.

lunes, octubre 26, 2009

CAMBIO DE HORA

Hoy la entrada tiene carácter de hemeroteca: este recorrido por la sierra de Cádiz, que ha publicado el suplemento El Viajero, de El País; y el texto completo de la reseña que hice de las memorias de Medardo Fraile en El Cultural, y que salió con algunos cortes.

Qué mal me ha sentado el cambio de hora.

sábado, octubre 24, 2009

RIQUEZAS

Obedeciendo a una iniciativa legal del propio gobierno, se han hecho públicos los patrimonios de todos y cada uno de sus miembros. Y se ha dado publicidad al hecho, al parecer tranquilizador, de que, salvo un caso o dos, ninguno de ellos es llamativamente rico, aunque tampoco ninguno es más pobre de lo que cabría esperar. De quienes declaran tener más de lo que se considera “normal” (si es que, en estas cuestiones, cabe hablar de normalidad) se dice que lo deben a haber heredado esas riquezas. Y como en democracia no se debe juzgar a nadie por lo heredado, ya sean riquezas o apellidos, la posesión de esas fortunas se considera una eventualidad poco o nada significativa. Con lo que el nivel de riqueza y la posición social de los actuales gobernantes se identifican con los que imaginariamente se atribuyen a sí mismos la inmensa mayoría de los españoles, que no dudan en definirse como “de clase media”.

En estas cosas los españoles siempre hemos sido así de voluntaristas, y si, en los Siglos de Oro, un mendigo con ínfulas podía declararse tan noble como un Grande de España, ahora basta gozar de ciertos bienes de consumo y de un mínimo (más bien ínfimo, en muchos casos) nivel educativo para sentirse tan burgués como un notario de provincias o un banquero. Y si, encima, constatamos que quienes nos gobiernan son, o se sienten, tan burgueses como nosotros, miel sobre hojuelas. En esa manera de entender la cohesión social no hemos avanzado mucho desde los tiempos en que el alcalde plebeyo de Zalamea reclamaba para sí tanta honra como cualquier noble de nacimiento.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Ni las clases menesterosas de entonces entendían tanto de honra como proclamaba Calderón (y ahí está el cornudo y contento Lázaro de Tormes para demostrarlo), ni la totalidad de la población asalariada vive hoy en esa medianía satisfecha en la que acaban de ubicarse los ministros. Quizá en estos tiempos la riqueza haya que medirla por otros parámetros. Haberse criado cerca de los resortes del poder, como es el caso de muchos altos cargos, y tener la certeza de que, antes de caer en la miseria (para lo que, en el caso de la mayoría de los ciudadanos, basta perder el empleo), hay infinidad de colchones, contactos e influencias que lo mantendrán a uno en el medio en el que se ha criado, es, quizá, la marca patrimonial que más diferencia hoy día a las clases sociales. Un albañil bien situado puede ganar tanto como un ministro. Pero, si las cosas vienen mal dadas, quien pertenece a los círculos de poder e influencia aguantará mejor que quien depende sólo de sus recursos. De ese patrimonio inmaterial no sólo viven los altos cargos, sino, en muchos casos, sus allegados y descendientes. Ésa es la verdadera riqueza: la que no se puede medir en cifras. La que nunca se agota. La de siempre.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, octubre 23, 2009

CONVALECENCIA

Lo que creía gripe -malestar general, dolor de huesos, destemplanza- se ha quedado, al parecer, en un simple amago de faringitis, que ha remitido con una tarde de descanso y mimos. Y en la que, para distraerme, me he visto todos los "extras" que incluía el deuvedé de Hondo. Hay algo en todas estas películas del círculo Ford-Wayne-Bond-etc. que trasciende a juerga de hombres solos. Y entre los recuerdos y comentarios que recogen algunos de estos pequeños documentales los hay, en fin, que recuerdan a la clase de maledicencia misógina que a veces cunde en esas reuniones. Los que se refieren, por ejemplo, a la pobre Geraldine Page. El choque era previsible: una actriz de teatro de Nueva York frente a una caterva de golfantes y borrachos. Wayne llegó a decir que la actriz, de naturaleza bohemia, no se lavaba el pelo y los dientes con la frecuencia deseable, y que las escenas de amor con ella..., bueno, resultaban difíciles (léase esto a la luz de lo que decíamos anteayer de los olores). En su descargo, otro testigo del rodaje alega que lo que pretendía la Page era sentirse en la piel de su personaje, la mujer de un colono, y que por eso no se lavaba. Tampoco aguantaba ésta muy bien los dicterios reaccionarios de Wayne y, sobre todo, los de Ward Bond. Se lo debieron pasar en grande a su costa. Y lo curioso de todo es que nada de eso se refleja en la película; o, mejor dicho, que la evidente frialdad que existe entre John Wayne y la actriz es uno de los factores que más contribuyen al curioso cariz que adquiere la historia de amor entre ambos. Un amor interesado, la "única oportunidad" (my only chance, dice ella) de la actriz de escapar de un destino (soledad, miseria, incluso un forzado matrimonio con un indio) que no parece nada halagüeño, y la única (esto no se dice) que tiene el personaje de Wayne de encontrar algún asidero que lo reintegre al trato con el resto del género humano.

Fue una buena manera de convalecer.

jueves, octubre 22, 2009

BERKELEY

El malestar metafísico de ayer se concreta en síntomas físicos tangibles. Debe de ser la gripe. O algo peor: la confirmación de las teorías de Berkeley, por las que la realidad física no es más que una proyección de una monstruosa y única mente pensante. Y acatarrada.

miércoles, octubre 21, 2009

OLORES DE MUJER

Las transiciones suelen durar poco. Y más las meteorológicas. Sueña uno con un entretiempo infinito, sin frío ni calor, en el que vestir ropas ligeras y cómodas, a la vez que elegantes. Pero no existe la primavera perpetua: el año pasado, sin ir más lejos, pasamos en apenas un mes de los fríos extremos a las temperaturas veraniegas. Tampoco hay otoños que, meteorológicamente hablando, tengan carácter propio, y no sean la suma antinatural de días veraniegos que se repiten hasta bien entrado octubre y esa especie de invierno anterior al invierno que suele darse en noviembre. El otoño es más bien una cuestión de luz, no de temperaturas. Tengo la vista puesta en el temporal que entra. El viento sur golpea las ventanas y en la piel se siente la humedad. Ayer todavía era verano. Mañana, en cuanto nos echemos encima el jersey, nos abriguemos la garganta (mi punto débil) y nos cubramos con alguna prenda impermeable, nos sentiremos en pleno invierno. El inminente cambio horario, que acortará las tardes, rematará la transición. No ha habido otoño, como no hay "centro" en política ni estadios intermedios entre la vida y la muerte. La realidad gusta de los extremos. Yo no.

***

Hondo, otra vez. Siento una especie de fascinación por este western de John Farrow. ¿Quién sigue diciendo que John Wayne es un mal actor? Hay un momento en que su personaje, que se dice "mitad indio", se acerca a la desamparada Geraldine Page y le dice que, al igual que sus medio hermanos de raza, puede distinguir a una mujer blanca por el olor; y que ella, la que tiene delante, ha amasado pan esa mañana, ha frito tocino, se dio un baño la noche anterior; y, sobre todos esos olores, huele a lo que huelen las mujeres... No sabemos cómo va a reaccionar ella: lo mismo podría darle una bofetada que caer en sus brazos. Pero lo que advertimos, en el tempo detenido de la escena, es la casi insufrible tensión que se ha creado, el enardecimiento del macho por obra de su propia retórica, la activación, todavía no sabemos hacia qué fin, de ciertos resortes sensoriales de la hembra. Se dice que John Ford estaba detrás de esta película. Y esta escena tiene la temperatura erótica que Ford supo infundir a Mogambo, El hombre tranquilo o La ruta del tabaco.

***

Cometo errores. Comprensibles todos ellos, en fin, porque nadie mejor que uno mismo para entender las debilidades propias. Los demás no sé qué pensarán.

martes, octubre 20, 2009

SEÑALES DE VIDA

A veces da cierta pereza defender lo obvio; que frecuentemente es también, por serlo, lo más necesitado de defensa. Por ejemplo, que lo que llamamos poesía tradicional, o popular, o de arte menor (sé que son cosas distintas, pero el área de superposición entre las tres es muy amplia) sigue siendo un modo de expresión vivo, flexible y vigente; como lo demostró no hace muchos años la publicación de uno de los libros de poesía más hermosos de las últimas décadas: Canciones, de José Mateos; y como viene a reafirmarlo ahora la aparición de Señales de vida, el librito de Juan Antonio González Romano que me mueve a escribir estas líneas. Lo leí en una tarde de domingo: quiero decir, en uno de los momentos de la rutina semanal en que el ánimo se muestra más tornadizo, más reconcentrado en sus reconcomios narcisistas, menos generoso, en suma. No sé por qué anoto estas manías: a nadie pueden importarle. Pero quizá respecto a este libro tengan alguna relevancia: la falta de engolamiento de la voz que en él habla, el discreto disfraz popular y sentencioso con que se revisten experiencias y pensamientos que en cualquier otro se presentarían bajo la máscara de un yoísmo insufrible, y el humor o, al menos, el distanciamiento irónico que domina todo el conjunto contribuyeron no poco a facilitar su asimilación por un ánimo en principio tan mal predispuesto. El mío salió de la lectura más limpio y ligero. Y eso tengo que agradecerle a su autor.

lunes, octubre 19, 2009

AVISOS A LOS NAVEGANTES

Despacho varios encargos a lo largo del fin de semana. Soy básicamente un jornalero de la literatura. Con muy anchas espaldas, además. Y lo peor de todo: disfruto con ello.

***

Entra uno en este recinto en el que al cuarto de los trastos lo llaman "pañol" y se le dispara la imaginación. Me acuerdo de mis bregas con el Diccionario de términos marítimos del almirante Barbudo, mis idas y venidas a diversas bibliotecas -entonces no había Internet, o yo no lo tenía- para enterarme de qué era una regala, por ejemplo, cuando traducía a Conrad; o mis consultas a mi amigo y pariente J.R., marinero en tierra, para que me explicase qué demonios es "fondear a muerto", entre otros detalles que daban vida a los poemas marinos de Melville que traduje hace un par de veranos... La literatura del mar, por así decirlo.

Pero me bastan unos minutos en este lugar para convencerme de que aquí hace tiempo que se inmunizaron contra el lado poético del asunto. Con todo, cultivan una muy buena prosa: hacen mapas. Los chicos a los que acompaño en la visita hacen lo posible por seguir las explicaciones que les dan, pero mucho me temo que no saben qué es un pecio, por ejemplo, o una derrota, términos que nuestros anfitriones no se dignan explicar. Uno de ellos sí ilustra su exposición con un caso práctico, usando una carta electrónica: en el ordenador -ese lenguaje sí lo entienden mis alumnos- aparece la derrota pedida por un hipotético barco que desea salir de puerto: vemos dibujarse una autopista en medio del mar. "¿Y qué pasa si uno se sale?", pregunta uno. "¿Te ponen una multa?". Otro sí lo ha pillado, a la primera: "No, tío, lo que pasa es que te la pegas".

Pero lo que más gracia me hace es el departamento donde imprimen el boletín de Avisos a los navegantes. He oído tantas veces esta expresión en sentido figurado, y casi siempre en un tono entre sarcástico y amenazante, que me cuesta entenderla en su sentido literal: son los avisos por los que la autoridad marítima periódicamente informa de las incidencias que se han producido en determinados puntos de las zonas que controla. Hoy día los navegantes actualizan estos datos mediante un cedé, o vía satélite. Pero es mucho más hermoso el método tradicional: el navegante ha de tener la paciencia de recortar los mapitas que incluye el boletín y pegarlos en sus cartas marinas. Una carta marina bien trabajada termina siendo, con los años, una especie de collage.

Todo esto sucedió el jueves pasado. Lo anoto antes de que se me olvide. La memoria de uno tiene mucho, también, de mapa lleno de parches.

***

Y dos expresiones, por lo mismo. Ésta que me proporcionan los viejos de Guadalcacín, a los que ese mismo jueves di una lectura literaria -quiero decir que les conté un cuento de Chéjov, les leí varios apuntes de este cuaderno y un par de poemas y, sobre todo, les insté a que hablaran ellos, lo que no me costó mucho trabajo-: a un trozo de pan en el que se ha practicado un agujero en la miga, para llenarlo luego con aceite, sal y vinagre, lo llaman aquí "gazpacho en pie".

Y ésta otra, oída el sábado a una mujer, mientras intentábamos sortear una calle en obras: "Esta mujer (por la alcaldesa, responsable última de esas obras) tiene la ciudad hecha un equinoccio" (¿un estropicio, quizá?).